
- Quiero pegarle una trompada en la jeta a ver si se le acomoda el cerebro a esta Valeria, gritó Enzo a su mujer, la noche antes de que Valeria se quitara la vida ahorcándose con un cable en el fondo de su casa.
- Le dije que dejara a ese tipo, la droga la está consumiendo.
- No es así Enzo, no digas esas cosas, tu hija no se droga
- Mi hija es una falopera, ¡Nancy no la defiendas! Y ahora vuelve a casa, echála a la mierda, se piensa que es una pensión esto.
- Esta es su casa Enzo, que vuelva cuando quiera, que más querés así la podes tener controlada, no está pasando por un buen momento, se peleó con el novio y está angustiada
- Me importa un carajo, yo no quiero faloperos en casa Nancy, sentenció Enzo.
La relación entre padre e hija siempre había sido muy complicada, desde que Valeria era chica, Enzo tenía un mal genio y de adolescente discutían todo el tiempo.
Enzo se había dedicado toda su vida a ser comerciante, tenía un autoservicio con su hermano, pero luego de una fuerte discusión, ambos dividieron sus partes y Enzo abrió su propio negocio sobre la ruta. Su hermano hizo lo mismo a unos metros de distancia.
Los que recuerdan a Enzo comentan que tenía muy mal carácter, que se llevaba mal con sus cuatro hijos y que tenía una relación difícil con la gente.
Cuando Valeria creció, Enzo enfureció ante cada hombre que podía acercarse a su hija, no le pasaba con las otras dos, con Valeria los celos eran aún mayores. Cuando ella llevó su primer novio a la casa de manera oficial, Enzo, se fue a pescar y cuando regresó lo echó sin preámbulos.
Así se comportaba con todos los novios formales e informales que tuvo Valeria, aunque no fueran muchos, Enzo los despreciaba.
Cuando su hija llevó a Miguel a su casa, su padre, la abofeteó, le dijo que era una mala “junta” que dejara al muchacho porque tenia pinta de “drogadicto”. Valeria no accedió, le contestó que lo amaba y ahí la guerra padre-hija se declaró.
Con el tiempo, Valeria iba menos a su casa, se volvió más silenciosa y cuando estaba en su casa, pasaba el mayor tiempo en su habitación, con su novio.
-Otra vez esta ésta boluda cantando, sentí el olor que sale de esa pieza, se está drogando-
-Enzo dejá a los chicos tranquilos
-¿Tranquilos? se drogan en mi casa y vos me decís eso, estas loca Nancy.
El hombre brotó en cólera y de una patada quebró la puerta de la habitación de Valeria, allí encontró a su hija, fumando marihuana con Pablo, su novio, estaban semidesnudos y de fondo escuchaban un cantante con voces guturales, que alteraban aún más los nervios de Enzo.
-Andáte de casa, tomátelas Valeria.
-No papá, no me voy a ir
- Es mi casa esta y no te permito que te andes drogando
La sacó del brazo y la empujó hasta la puerta, hacía frío pero Valeria tenía tanta furia en su cuerpo que no lo sintió, salió con una camiseta y un jean a medio abrochar, con las zapatillas en sus manos y un bolso.
Enzo sufrió un ataque de presión alta esa noche, y los médicos tuvieron que calmarlo; estaba rojo, con sus ojos desorbitados y la respiración entrecortada.
Los chequeos médicos le detectaron una diabetes avanzada, y ese hecho lo marcaría hasta el final de sus días.
Su hija se fue a vivir a San Lorenzo con su hermana, y pocas veces venía a visitar a su padre, venía a escondidas a ver a su madre, y cuando se cruzaba con Enzo, comenzaban las discusiones.
- ¿Seguís con ese falopeirto vos?
- No le digas así, es mi novio y lo amo, nos vamos a casar
- Vas a terminar mal vos nena, le decía Enzo tajante.
- Calláte papá, no me rompas las pelotas.
- Te voy a internar, así te desintoxicas
Las peleas continuaron, y la presión del padre hacia la hija provocó que un día la joven dejara de ir a la casa de La Rivera. El solo tendría noticias de su hija, gracias a su esposa que visitaba a menudo a sus hijas, o por ellas mismas que ocasionalmente aparecían por el almacén, pero que Enzo, las despachaba rápido porque se negaba a darles paquetes de comida o dinero; pensaba que una vez que los hijos habían dejado de vivir de sus padres, deberían seguir por su cuenta y aprender a subsistir.
Enzo sabía que Valeria continuaba con esa relación maldita que tenía con Pablo; el culpable, para él, de que su hija menor ingresara al mundo de las drogas.
La tarde del 16 de marzo del 2004, Valeria aparece en la oficina del autoservicio y les dice que vuelve para siempre, se la veía muy desmejorada, había perdido peso, tenía ojeras prominentes y había caído en una depresión severa.
Nancy presentía que su hija había tenido una pelea con su pareja, y se lo comentó a Enzo; quien fiel a su conducta la rechazó desde el primer momento, pero con paciencia la mujer lo convenció y Valeria volvió a su casa.
Enzo la veía poco, pero cuando la veía pasar, envuelta en sus pensamientos, no podía dejar de sentir algo de pena.
Trabajaba todo el día en el autoservicio, la gente del pueblo la miraba y no podía creer que era la misma Valeria la que reponía los paquetes de fideos, y cortaba fiambre. Tenía 23 años, pero era una muerta en vida. Su padre le había dado más responsabilidades en el negocio para que intentara focalizar su angustia en su trabajo. Ella se comportaba en forma responsable, llegaba a horario, no faltó en toda la semana y hacía cualquier tipo de tareas; aunque su cuerpo estaba en un depósito acomodando cajas, su alma o, lo que quedaba de ella estaba en otra parte suspendida.
Fue Enzo quien la encontró muerta una semana después de que volviera a su casa. Su cara estaba hinchada, más pálida que nunca, sus ojos estaban desorbitados, y su cuerpo estaba rígido y pendía de una soga atada al ventilador de techo. Tenía su camisón blanco puesto y llevaba una hora muerta, por lo que informaron los peritos policiales después. También encontraron una carta dirigida a sus padres guardada debajo de una almohada.
El padre nunca se repuso de la muerte de su hija, fue un balde de agua helada para él, quien a pesar de que llevaba una pésima relación con su hija menor, era su sangre y ese se transformaría en su karma, durante los siguientes seis años.
La imagen del rostro de su hija lo acompañó día a día, noche a noche, y sentía que su mente era un vaso a punto de rebasar: gota, gota, gota, Valeria, Valeria, Valeria. Nunca se sintió culpable por no haberla ayudado cuando la vio volver tan frágil, pero si lo carcomía el hecho de no haberla internado cuando lo consideró necesario: “yo la hubiese enderezado”, decía para sus adentros.
La vida de la familia Cossiani, se acostumbró a vivir sin Valeria, el negocio seguía igual que siempre, y mejoraba notablemente en el verano, cuando la gente venía de otras partes, a disfrutar del río Carcarañá, y de los Campings que posee la zona.
Los otros hijos del matrimonio se fueron definitivamente de La Rivera y se radicaron en San Lorenzo y en Timbúes, a excepción de una de las hijas que todavía soltera, siguió viviendo con sus padres.
Mónica fue el paragolpes de los problemas emocionales de Enzo, y de su enfermedad que día a día le iba dejando huellas en su organismo. Tres años después de la muerte de Valeria, la diabetes le quitó el 80% de la visión y tuvo que aceptar ser ayudado por su hija y por su mujer.
El carácter se tornó más irascible que nunca, decía que prefería estar muerto a que lo lleven de acá para allá. No quería depender de nadie, y por su poca movilidad, comenzó a recluirse en depósito ubicado detrás del autoservicio, y pedía que nadie lo molestara; sólo estaba el, su gato, una calculadora y documentos.
Cuando peleaba con su mujer o su hija por dinero, o por cualquier otra situación, el hombre las amenazaba con que quemaría todo y se llevaría a la tumba todo lo que construyó.
Las últimas noches habían sido difíciles para Enzo, quien volvió a tener pesadillas con su hija, que se le aparecía vestida con el camisón blanco, tal como la encontró aquella mañana .Los calmantes no le surgían efecto y ya no distinguía la oscuridad de la noche con su propia ceguera.
El vaso finalmente rebasó una tarde cuando la última gota derramó el torrente de sentimientos de Enzo, sentimientos negativos, de odio, de bronca y de resentimiento. El estaba tratando de acomodar unas cajas en el depósito cuando la vio, sentada en un rincón con la mirada perdida.
- Mónica que hacés ahí
Nadie respondió a su llamado, pero Enzo, a pesar de su limitada visión sabía que había alguien allí.
-Mónica sos estúpida, contestále a tu padre, le gritó, pero la presencia seguía allí en silencio.
Enzo entendió que no estaba su hija mayor ahí, pero sabía que había otra persona, podía sentirla, aunque no tuviera la vista, tenía sus otros sentidos mas agudizados.
Una punzada le atravesó el pecho y allí entendió que no era Mónica quien estaba allí, sino su hija muerta, quien venía a llevárselo.
Preparó su muerte minuciosamente, se aseguró de que su esposa Nancy durmiera en la casa de adelante, aunque hacía 10 meses que estaban separados y no dormían juntos, lavó sus dos autos; buscó combustible en el taller mecánico ubicado a unos metros del comercio, y esperó a la noche.
Escribió una carta para su mujer y sus hijos y se llevó al gato al baño del depósito; esperó el silencio de la noche, y dedujo que nadie estaba despierto. Roció con combustible el depósito con su lancha, sus autos y su casa, y arrojó fósforos por toda la casa.
Cuando el fuego comenzó a devorar el lugar, el hombre se encerró en el baño, tomó una escopeta, y su revolver calibre 32 y se pegó un tiro en la boca.
La policía llegó a las 3. 30 horas de la madrugada junto a los bomberos que intentaron sofocar el fuego que había consumido el depósito y la vivienda, y amenazaba con expandirse al autoservicio.
Las llamas no tocaron el depósito, y el comisario de Oliveros, Dante Orlando, fue el primero en encontrar el cadáver de Enzo envuelto en sangre.
En uno de los bolsillos de su campera, el jefe de policía encontró una carta, casi ilegible para su familia que decía: “ me llevo a la tumba lo que es mío, no me entierren, crémenme y tiren mis cenizas por ahí, no se queden conmigo”

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