
Valeria leía la contratapa del libro que le habían prestado “Veronika decide morir” de su autor preferido, el brasilero Paulo Coelho. Tenía muchas expectativas en el contenido de sus páginas porque el autor siempre le daba a través de la narrativa, respuestas a aquellos interrogantes que Valeria se planteaba.
Se sintió identificada con el personaje de la historia desde el primer momento en que leyó la sinopsis del libro: “Veronika es una joven completamente normal, es guapa, no le faltan pretendientes, su vida transcurre sin mayores sobresaltos, sin grandes alegrías ni grandes tristezas” Si bien no se consideraba guapa, Valeria nunca tuvo problemas para conseguir hombres, pero su vida era un contante “NI”, ni felicidad, ni depresión.
El libro trataba sobre el intento de suicidio de la protagonista, y la intrigó el hecho de que el libro sitúa a la su protagonista en la posición de elegir seguir adelante con su vida o abandonarla cuando quisiera; y eso le parecía fascinante.
Nunca se había propuesto alguna meta importante en su vida, no tenía intenciones de casarse, tampoco tener hijos; no le molestaba trabajar en el autoservicio de su padre, pero había dejado la secundaria sin terminar, y no tenía intenciones de retomar los estudios.
Sin embargo, las constantes peleas con su padre, la hacían pensar en cambiar de vida, mudarse tal vez a otro lugar, como hicieron sus amigas, las pocas que conservaba en la Rivera, se habían marchado a Rosario, y a otras partes mayormente pobladas.
Conoció a Pablo una noche en una confitería bailable de Timbúes, cuando había salido con una amiga a bailar. El muchacho era alto, flaco, de nariz prominente, y de ojos saltones. A Valeria le gustó desde el primer momento, y borracha se acercó y le habló; bailaron parte de la noche y salieron juntos en el auto de él.
Comenzaron a salir, a frecuentarse más seguido, él vivía en San Lorenzo y viajaba día por medio a verla, al principio se iban a otro pueblo, a Aldao y pasaban el día juntos, pero cuando la relación se tornó más seria, Valeria lo llevó a su casa, ante la rabia del padre, quien no dudó en hacerlo sentir lo más incómodo posible a su nueva conquista.
Valeria sintió que por primera vez, se había enamorado de un hombre, Pablo no era como los chicos que había conocido antes, la trataba bien, la escuchaba y le decía cosas agradables, la llevaba a comer los viernes, y de vez en cuando iban al cine. La joven sentía que con él quizás podría llegar a pensar en tener una familia, lo que le pareció raro, nunca se lo había planteado antes con otro hombre.
Tampoco le importó la primera vez que Pablo, la invitó a fumar un cigarrillo de marihuana, una noche en Aldao, luego de salir a dar una vuelta en el auto de él. Ella no conocía el sabor del cannabis y le dio curiosidad, se sintió mareada, luego excitada, hizo el amor con Pablo dos veces y se durmió en el campo. Su primera experiencia con la droga había sido placentera, había tenido un orgasmo por primera vez en su vida, en 23 años, y se había sentido feliz.
Valeria había ingresado a una etapa diferente en su vida, se veía mas confiada en si misma, gracias a su novio que la alentaba a hacer cosas, como retomar la secundaria, estudiar algo que quisiera, y porqué no, si todo seguía bien, pensar en convivir, o al menos eso creía ella, que algún día llegaría el día en que Pablo daría el paso y se lo propusiera.
Sólo una cosa en su vida seguía siempre igual, y hasta empeoraba desde que Pablo llegó a su vida; la relación con su padre.
Cuando era pequeña, Valeria recordaba las palizas que Enzo le propinaba, por culpa de sus hermanas más grandes, ella no era tan revoltosa, pero Mónica y Julia, siempre la metían en sus travesuras. Recordó una vez que jugaba con sus hermanas dentro del autoservicio a la guerra; y que Mónica no tuvo mejor idea que tirarle un paquete de azúcar en la cabeza de Julia, y que esta le contestó arrojándole uno de harina.
La “guerra” terminó con varios paquetes de yerba, harina y azúcar desparramados por el suelo y con una patada voladora de su padre hacia la cola de Mónica, pero la peor parte se la llevó Valeria, que nunca olvidó las marcas de los cintos en sus piernas que Enzo le dio.
Cuando Enzo encontró a Pablo y a ella fumando marihuana en su pieza, creyó que iba a morir. Esa tarde sus padres le habían dicho que viajaban a Rosario a buscar mercadería, y aprovechó la ocasión y llamó a su novio para que la acompañase durante la tarde.
Pablo consumía marihuana todo en tiempo, y tomaba cocaína en ocasiones, pero a Valeria no le molestaba, porque nunca lo había visto violento cuando estaba bajo los efectos de la droga. Sentía curiosidad por ir más allá y probar otras cosas, pero tenía miedo de que le hiciera mal al estómago, o que drogada, quisiera matar a su padre.
El cigarrillo estaba delicioso, y se sentía tranquila, tenía sus sentidos conectados, y su líbido a flor de piel. Lo besó con fuerza, le mordió los labios mientras se sacaba la ropa y le quitaba la remera a él.
Nunca lo vio venir, sólo sintió la patada en la puerta de su habitación y el ardor de la bofetada que vino después. Los echó a ambos de la casa, le gritó que era una puta y que nunca más quería verla.
Valeria se mudó desde ese episodio s San Lorenzo con Julia, y empezaba a gustarle estar fuera del control de su padre; estaba más cerca de Pablo y creía que podía pasar más tiempo con él.
Sin embargo, ocurrió todo lo contrario, Su novio estaba más distante y la visitaba menos, le ponía excusas para no verse todos los días y cuando se veían, estaba más distante. Hacían menos el amor, y él solía irse temprano de su casa.
Para su primer aniversario de novios, ella preparó una cena especial, se compró ropa íntima sexi y llenó de velas y flores la casa. La cita era a las 21 horas, pero el llegó a las 11; con su cara transformada y le expulsó la frase que ella no quería escuchar:
“No sos vos soy yo”, oración trillada como pocas existen, y que les da derecho a los hombres a salir limpiamente de la vida de una mujer creyendo que ellas no se dan cuenta que siempre hay una tercera en discordia, que se apareció y que los obnubiló.
La primera vez que Valeria empezaba a construir su felicidad, sintió que había depositado su confianza en la persona equivocada y eso la destruyó. Los dos hombres que amó en su vida la arruinaron; su padre primero y ahora su novio.
No quiso seguir viviendo en San Lorenzo, porque no quería tener la desagradable sorpresa de cruzarlo en algún lugar de la ciudad, y volvió con sus padres; prefería soportar a su padre y no encontrarse a Pablo de la mano de alguna mujer.
Sólo pasó una semana en su antiguo hogar, se negaba a comer, no dormía y deambulaba cual espectro por los pasillos del autoservicio. El dolor y la traición son sentimientos despreciables en la vida de una persona, y Valeria no pensaba en otra cosa, durante los primeros días, hasta que sintió su cuerpo morir, antes de que decidiese ahorcarse.
Ese dolor en el pecho, cedió y se transformó en indiferencia, en vacío, en la nada; respiraba porque era algo mecánico, pero se dejó caer.
Se acordó de su libro, del autor que tanto le gustaba, y de la historia de Veronika, la joven que tomó un cóctel de pastillas porque no quería tener un futuro, en el que su vida fuera parte de una rutina. Valeria lo creyó igual y tomó una soga, la colgó del ventilador de su habitación, y tensó su cuello en el nudo que había hecho.
No tuvo tiempo de meditarlo, no intentó buscar alternativas, como tampoco terminó de leer el libro de Coelho, cuyo mensaje final era de esperanza y de amor. En la ficción, Veronika se salvaba por su amor hacia un hombre, en la realidad, Valeria se suicidaba por dos hombres; su novio, y su padre.
Dicen que aquellos que se suicidan, o que tienen cuentas pendientes en la tierra, sobrevuelan en un plano astral intermedio entre el cielo y el infierno. Sobre sus repentinas apariciones en los colectivos, colaboraron a construir una leyenda en el pueblo, del que nadie tuvo certezas, a excepción de los propios choferes, que siguen comentando la historia ocurrida años atrás.
Dicen que cuando murió Enzo el 30 de Abril de 2010, a Valeria nunca más se la vio en el cementerio…

1 comentario:
Anabela: me gusta como has desarrollado el relato a partir de una de las llamadas "leyendas urbanas", yo la conocia situada en la ciudad de Rosario y con la misma historia. como cuento esta muy bueno. te felicito.
ahora me haces dudar si la historia de andino es cierta y de la rosario es una burda imitacion de aquella. ja
creo que es similar a la leyenda de pablo el enterrador que dio nombre a un grupo rosarino de musica
Publicar un comentario