lunes, 2 de agosto de 2010

Raúl



“Hace 30 años que laburo para esta empresa, estoy cansado de hacer todos los días lo mismo, me quiero jubilar, estar más tiempo con mis hijos” se quejaba Raúl a Pablo Yacuzzi, mientras acomodaba el asiento del conductor y cambiaba algunos objetos personales, como la bolita que recorre la palanca de cambios del colectivo de la Línea Expreso, unidad 386 que recorre todos los días el trayecto Rosario-Andino.
Los choferes tienen un fetiche con llevar objetos personales y decorar los coches con luces estrambóticas, y las bochitas de la palanca son algo “muy personal” para ellos.
Raúl es colectivero hace treinta y cinco años, su padre había querido que Raúl estudiara en el Liceo Militar, pero Raúl se rebeló de adolescente y se fue de su casa a vivir con un amigo. Cómo no tenía dinero, Osvaldo, su compañero, le presentó a su suegro, quien en ese momento tenía una pequeña empresa de colectivos.
Raúl empezó a trabajar para el suegro de Osvaldo, y nunca más se bajó de un colectivo.
A los 60 años, Raúl sentía el peso de la edad encima, le dolía la espalda, y ningún almohadón que le agregara a su asiento le calmaba el dolor; y a pesar de que ya tenía edad de jubilarse, su necesidad de seguir activo y sentirse útil, lo seguía llevando a levantarse cada día a las ocho de la mañana y volver a su casa a las nueve de la noche
El día en que vio por primera vez a Valeria en la ruta, hacía dos grados bajo cero de temperatura; el motor del colectivo hacia un ruido ronco y costaba calentarlo, por eso tardó unos minutos mas en salir del galpón de la empresa Continental ubicado en Puerto General San Martín.
A Raúl le costaba entrar en calor y todos los días se preguntaba porqué continuaba haciendo los mismo todos los días de su vida desde que tenía 25. Sus hijos ya se habían casado, estaban bien económicamente, y su casa no demandaba muchos gastos, porque tan sólo había quedado Raúl, su mujer y su perro Paco.
Salió despacito por calle Córdoba, y observó que no había nadie en los alrededores, era un sábado por la mañana, y el bar de la esquina abría a las 10; pero eran las 9 y Raúl pensaba en comprarse unas medialunas de la panadería que quedaba a dos cuadras, porque no le gustaba desayunar apenas se levantaba, nunca tenía hambre.
Pensaba en Estela, su mujer que ayer no se sentía bien, decía sufrir dolores en el pecho y eso lo preocupaba, y se decía a si mismo que cuando terminase su turno iba a llevarla a la guardia, no quería esperar a que la atendiera el médico el lunes; en dos días cualquier cosa podía pasar.
Los días sábados poca gente se sube al coche, pocos trabajan, y los fines de semana son aprovechados por las abuelas que van a visitar a sus familias a Andino, u Oliveros, dos localidades bastante alejadas y no fáciles de llegar.
Había helado durante la madrugada, se podía ver la escarcha y los campos “blancos” cubiertos de hielo.
El día estaba terminando, al igual que su turno, y estaba pensando en que le estaría preparando Estela de comer, ya tenía hambre, y quería comer temprano, mirar el partido e irse a acostar.
Un pasajero que vive en Oliveros le había contado algo que lo había dejado pensativo; al principio no le creyó y después empezó a interesarse por la historia.
Se acordaba de una leyenda del norte argentino que era muy similar a la que el pasajero le contaba, y eso hacía menos creíble la historia.
“- Eso es el Pomberito”
-¿El Bomberito? Le replicó el pasajero
-No, el Pombero, el Pomberito, es un mito del norte argentino, mi hermano Carlos vive en Santiago del Estero y cuando fui me contó que por las noches sale a asustar personas, dicen que es enano, peludo y que le gusta mucho las mujeres. Si les pone un dedo en la panza las embaraza.
-Jajaja, bueno la voy a cuidar a mi señora entonces. Pero te digo que este no se si será el pomberito pero anoche mis chicos lo vieron corriendo en el patio del fondo y se asustaron mucho.
-No sé, me parece poco creíble tu historia
-En serio Raúl, acá en Oliveros ya lo vieron varias veces, y anoche vino mi suegra, y nadie le había contado nada de este “bicho” para que no se asustara, y anoche empezó a los gritos porque dice que un enano peludo pasó por al lado de la ventana.
- Ese fuiste vos Ricardo, no me jodas, la querías joder a tu suegra jaja- bromeó Raúl
- Te digo que no, que acá todos lo ven por la noche, y tienen miedo de que los ataque a los chicos.
Ya no quedaba nadie en el colectivo, aunque su recorrido no había terminado, pero eran las 8 de la noche, y en el invierno la gente no sale del pueblo cuando oscurece y menos un día sábado.
No la vio subir, el creyó que el coche estaba vacío, pero su cansancio podría haberle jugado una mala pasada; ¿estaba loco?
No recordaba tampoco en que parte del recorrido se había subido, porque no la había visto hace rato.
La miraba por el espejo retrovisor, era muy pálida, con poca ropa no acorde al frío que hacía esa noche. Tendría unos 24 años, ni gorda ni delgada y miraba por la ventana sin expresión.
_Tengo Frío
Raúl se asustó y la miró extrañado, no la vio venir
-Tengo frío
- La vio más blanca que nunca, hasta la ropa que usaba era rara, no podía describirla. Tardó en reaccionar.
-Tomá mi campera
Se quitó el abrigo aunque tuviese frío, pensaba que la mujer que estaba enfrente podría necesitarlo más que él.
La miró, ella no le agradeció el gesto y camino hacia el fondo del colectivo.
No la vio más, desapareció sin dejar rastro, sin tocar timbre, sin decirle gracias por la cambera. Se esfumó, sin saber por donde, porque nunca oprimió el botón que abría la puerta para que la chica se bajara.
No la había visto subir y tampoco la había visto bajar, un frío le corrió por la espalda y una patada fuerte le sacudió el estómago.
¿Habría inventado el encuentro?
-No puede ser mi imaginación porque la vi y me habló, le di mi campera y ahora mi campera no esta, pensó.
Estaba solo ahora y no tenía testigos que le contaran lo que había pasado, si se lo contaba a su mujer no le iba a creer, le iba a decir que estaba loco, que el cansancio le hacia inventar historias.
A medida que pasaban los minutos, el miedo lo invadió, estaba confundido y no sabía que hacer. La noche caía sobre la ruta larga, una hermosa noche, con una luna clara y a Raúl todavía le quedaba dar la vuelta del recorrido y volver al galpón.
Subió la velocidad más de lo normal, y no habló con ningún pasajero más, tenía miedo de volver a ver a la chica que había estado en su colectivo pero que había desaparecido sin dejar rastro
Llegó por fin al galpón, estacionó el colectivo y descendió dubitativo. El portero lo miró y lo saludó, pero Raúl no respondió, estaba en su mundo, preocupado por lo que le había ocurrido.
No quiso comer, a pesar de que moría de hambre, daba vuelta el tenedor sobre la pasta, y su mujer lo notó raro; pero no quiso decirle nada, se excusó de mala manera y se fue a acostar.
Pasó la noche con la imagen de la joven en su mente, y repetía una y otra vez el corto dialogo que habían tenido.
-Mierda! , no puedo pegar un ojo y tengo que levantarme en 4 horas. Mañana hablo a la empresa y renuncio ya estoy viejo e imagino estupideces.
A las 7 de la mañana el despertador sonó y Raúl maldijo a cuanto ser viviente existiese en este mundo. No había dormido en toda la noche, y no tenía ganas de subirse al colectivo ¿Qué pasaría si la vuelve a ver?
Tomó dos mates amargos y salió de su casa, el galpón quedaba a pocas cuadras y salió caminando para tomar un poco de aire.
Respiró profundo e ingresó al galpón, lo saludó a Osvaldo y éste después de 40 años de amistad entendió el mensaje de su rostro.
-Qué te pasa Raúl, que caripela tenés hoy
- Estoy cansado, dormí mal anoche.
-¿Problemas con Estela?
No, con Estela no
-¿Entonces?
-Anoche vi a una chica en el colectivo y desapareció, nunca la vi subir, tampoco bajar, era como un fantasma
-Vos también con el mismo cuento, Raúl, dejate de joder
-Cómo con el mismo cuento, de qué hablas
Sos el tercero que viene con la misma historia, Pedro y Martín vinieron con el mismo cuento hace unos días.
-Y porqué yo no sabía nada de esto…
-Porqué últimamente no le das bola a nadie Raúl, los muchachos lo contaron pero vos hace días que solamente te quejás de que estas cansado.
-¿Y que te contaron?
-Que se apareció de repente, se subió en la parada de la granjita esa que está cuando empieza la Rivera y que se baja en el cementerio. Los dos están cagados, no quieren agarrar más el turno de la noche. Andá a hablar con ellos, están en la portería
En cierto sentido lo tranquilizó saber que no estaba loco, y que si lo estaba, no era el único, porque había dos personas que juraban haber visto lo mismo que él vio anoche. Se alegró de haberlo contado.
Pedro y Martín estaban hablando con el portero sobre fútbol, Independiente le había ganado a Newell´s por 3 a 0, en un mal partido, el árbitro no había visto dos penales claros que le cometieron a Boghosian. El portero estaba enojado y les decía a los muchachos que el árbitro era un bruto
-Osvaldo me dijo que ustedes vieron a una piba en La Rivera que salió de la nada
-Sí Raúl, hace varios días que la venimos viendo- le respondió Martín
-Hablamos a la empresa, no queremos cubrir más el turno de la noche, esa mina me está volviendo loco- confesó Pedro
-¿Pero de donde salió?
-No sé Raúl, te digo que como apareció estaba pálida no sé cuando se bajó del coche, pero sé que se fue al cementerio, la vi entrar
-Me voy muchachos, tengo que subirme al coche, después la seguimos.
Los domingos eran los días que más le costaba a Raúl trabajar, llegaba tarde y veía solo unos pocos minutos a sus nietos, se perdía el partido y los mates con torta de manzana que le preparaba su esposa. Mientras pensaba en la tarde que no podía disfrutar, y en sus nietos, una pasajera le contaba que iba a visitar a su madre que había muerto hace unos años al cementerio de Andino y que le llamaba la atención la cantidad de gente que estaba enterrada allí por ser un pueblo pequeño.
Raúl seguía enterrado en sus pensamientos pero miraba el sol ponerse al costado de la ruta y esa imagen le agradaba, era una de las pocas cosas que a esta altura de la vida disfrutaba ser colectivero.
Habían pasado tantos años, conocido tanta gente, generaciones de padres e hijos había llevado por toda la región hasta los pueblos. Conocía tantas historias de vida y también de muerte de muchos pasajeros. El tiempo lo había vuelto más callado y apesumbrado, y hasta en ocasiones se sentía molesto cuando el pasajero se ponía detrás de él y le charlaba; pero lo único que disfrutó siempre fue mirar el atardecer en los campos de Andino y manejar en silencio.
Otra vez no la vio subir. La mujer que le hablaba de su madre muerta se había bajado unas cuadras antes y ahora no quedaba nadie en el coche. Nadie excepto ella, que como un espectro se colocó por detrás de él.
No le habló, pero la miró y le pareció que estaba más pálida que ayer. Quería hablarle preguntarle de donde venía o hacia donde iba, pero las tripas se le retorcían del miedo, al reencontrarse con una persona que no se sabía cuál era su estado de ¿vida? Muerta o viva estaba parada allí y no se movía, tenía ojos marrones y labios violáceos, de ojeras prominentes y pelo castaño cortado en forma desprolija por debajo de los hombros, no olía a nada, ni a muerto, ni a vivo, a nada, no tenía aroma.
-¿Cómo te llamás?- la pregunta le salió sin que su cerebro la procesara antes.
- Valeria- respondió ella sin expresión.
- ¿A dónde vas?
Ella no le contestó pero lo miraba a Raúl por el espejo retrovisor con una mirada impávida.
-Tenés mi campera le dijo Raúl, quien no se le ocurrió otra cosa para decirle ante tan extraña situación.
-Te la dejé allí- contestó en un susurro y desapareció de la visión del espejo retrovisor de Raúl, quien aturdido perdió el control de sus emociones y sintió que el shock adrenalínico lo iba a matar. Recordó sentir algo similar cuando un joven hace unos meses le robó la recaudación del día y lo amenazó con una cuchilla, pero esta sensación era mucho más poderosa, sentía que realmente su estómago iba a estallar en mil pedazos producto de una especie de droga que su propio cuerpo fabricaba. Esperaba que su corazón no le fallara.
Apretó fuerte el freno y el colectivo hizo un chirrido insoportable, no quiso razonar y se bajó del coche; su mente no tenía sombras, ni preguntas, ni imágenes que suelen aparecer en momentos de peligro. Frente a él, las puertas del cementerio de Andino, oscuro, iluminado por algunas luces tenues en el patio trasero
Uno de los cuidadores lo miró a Raúl cuando intentaba forzar el portón cerrado e ingresar al lugar.
- Está cerrado buen hombre-
- Déjeme ingresar, un minuto nada más, necesito averiguar algo, sino no voy a poder vivir tranquilo.
El cuidador que estaba frente a Raúl pensó que si estaba ahí a las 9 de la noche, debía ser algo realmente importante, no podía robar nada de allí, y si lo hacía el lo golpearía, pero confió en su palabra y le abrió el portón.
El cementerio era pequeño, pero su estructura no era sumamente antigua, poseía dos pasillos largos con nichos y un patio externo, donde los muertos estaban enterrados bajo tierra.
Había pinos y un camino que unía el patio, los pasillos y una pequeña sala, donde el sepulturero descansaba y tenía sus herramientas. 1500 almas descansaban allí eternamente.
Raúl recorrió el primer pasillo sin saber lo que buscaba, caminaba a paso acelerado, mirando nicho por nicho, placa por placa, mientras el cuidador del cementerio lo seguía.
-Estoy loco, pensaba en voz alta, no sé que estoy pensando, sin embargo continuó recorriendo todo el pasillo y giró a la derecha hacia el segundo corredor.
Cuando llegaba al final del pasillo, observó un bulto en el piso; caminó hacia él y sintió que su corazón le iba a fallar, que no iba a resistirlo como tampoco su estómago que no soportaba tanto retorcimiento.
Allí estaba, tendida sobre el piso frío del segundo pasillo, de color negra, de un cuero barato, pero que Raúl no se desprendía porque era un regalo de su mujer, la campera.
El chofer la recogió y se quedó paralizado no podía entender que su abrigo estaba tirado en el piso de un cementerio de Andino, que él en un intento de coraje y de locura había ido a buscar.
- ¿De dónde salió eso? Exclamó el cuidador del cementerio, ¡paso 10 veces por este pasillo y juro por la Virgen que no vi nada!
- Raúl no supo que contestarle, a esa altura, agradecía no haber muerto del susto.
Con la mirada perdida en un punto, Raúl entró en una especie de trance que duró unos segundos, sin comprender ni una sola de las oraciones que el cuidador le decía.
Reaccionó, levantó su mirada y su mirada quedó suspendida en una foto; en un nombre colocado en la lápida.
-Es ella- atinó a decir Raúl y el cuidador tuvo que sostenerlo porque un fuerte mareo le hizo flaquear sus piernas.
-Yo lo tengo hombre, tranquilo, esa es “la Valeria”, murió en el 2004, se ahorcó con un cable, porque se llevaba mal con el padre, y su novio la dejó, dicen.
Raúl miraba al hombre y sentía que había perdido la noción tiempo-espacio, no lograba entender que esa chica que le había dicho que tenía frío, estaba muerta.
Volvió al colectivo, los nervios estaban a flor de piel y esa noche no durmió temiendo encontrarla en sus sueños. Recordaba las palabras del cuidador del cementerio,” se ahorcó” se repetía una y otra vez para sí mismo.
Al día siguiente Raúl les dijo a la empresa que empezaría los trámites de jubilación, que hacía muchos años que trabajaba y que quería pasar más tiempo con sus nietos.
Se despidió de sus compañeros, y les contó el episodio del cementerio y se fue, no sin antes regalar su campera negra al indigente que dormía todas las noches en la puerta de los cajeros del Banco Bisel.
Ningún colectivero quiso volver a manejar hasta Andino de noche, y la empresa anunció modificaciones en los horarios del recorrido; el último servicio terminaría a las 21 horas.
La historia del espíritu de Valeria se convirtió en un cuento que se apropió de La Rivera, Andino y los pueblos de alrededor. Algunos dicen que cuando murió el padre de la joven, nunca más se la vio.

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